Hoy te escribo por última vez. Te dedico este último trago lleno de tequila y una dosis bien planeada de veneno para ratas. Me encuentro recordando el tiempo pasado, ya no somos los dos chicos que bailaban en medio de la pista mientras sonaba Things I Don’t Need, que caminaban ebrios de vuelta a casa para hacer el amor hasta quedarse dormidos, que se despertaban al otro día para seguirse odiando por no entenderse ni en la cosa más mínima y que solo estaban juntos para no sentirse solos durante el frío de las madrugadas de Bogotá.

Le agradezco al universo que hayas muerto porque así pude deshacerme de tus cosas: del absurdo apartamento enorme que compramos y de tu estúpida colección de manga que, por cierto, valía mucho dinero. Ya no tengo que ver ni tus medias ni tu desorden en ese fino sofá que nunca usamos para hacer el amor porque no querías que se ensuciara. Todo lo vendí. Todo lo boté. Todo lo quemé. Lo único que conservo son tus gabardinas; porque son realmente preciosas y porque cada vez que usabas una te movías y decías «esa gabardina que llevas es cojonuda, amigo» como en esa épica escena de Sin City.

Ahora soy solo yo, uso tus gabardinas para ir al bar de en frente y busco a quien conquistar cada noche. Me hablan tipos que me aburren demasiado, tú más que nadie lo sabe; y les dejo plantados en su mesa con su parloteo barato. Sin embargo, uno que otro hombre o mujer despiertan de vez en cuando en mi habitación… son cosa de una noche nada más, no muy diferente a lo que tú y yo hacíamos, solo por el miedo a despertar sola en esa enorme cama.

© Kelly Sánchez. @ksan_chezk

Aun así, la razón por la que te escribo esta noche es porque hay alguien de quien debo hablarte: la hermosa pelirroja que he observado durante meses. Déjame contarte como se convirtió en el amor que jamás podré disfrutar; ella, con quien solo gocé una noche, sentada al otro extremo de la barra, me mira. Se le acercan varios pensando que podrán conquistarla o invitarle un trago, pero ella no está interesada; ella solo observa, dibuja y sueña en hacerse famosa por sus dibujos de cinco por cinco centímetros.

Cuando lo pienso, aun me sorprende que ella durmiera conmigo esa noche; pienso en tus palabras cuando me decías que podía obtener lo que quisiera solo con mi mirada de deseo y mis ansias de sexo. Al principio yo sonreía y la miraba, y ella me hacía sentir viva por primera vez en diez años, pero últimamente solo me daba pavor. Bastó una noche para llegar a amarla y luego solo me saludaba desde la oscuridad… no me dejaba acercar ni se acercaba a mí.

Hoy iba camino al bar, los lunes en la noche son de poesía. La ciudad lucía como un pequeño cuadro que perfectamente podría tener en mi pared, pasé por el restaurante árabe que irónicamente vende esas empanadas chilenas que comíamos cuando nos sentíamos felices y al final llegué a la reunión de ese montón de personas sin talento que presumen que saben o que son buenos en algo. Como siempre, aproveché los tragos gratis que me brindaron los bohemios paupérrimos y me senté en la barra a hablar un rato con Homero, que ha estado tan enamorado de mí desde la primera vez que me vio, que me dobla la edad y que está en silla de ruedas. Creo que te hable de él, espero lo recuerdes, el hombre que dibuja y tiene ese frío pero acogedor bar.

Sin city.

Entonces llegó ella, sacó su cuadernillo y empezó a dibujar una mano que aplaudía con un chasquido… yo la observaba, tan hermosa y talentosa, con sus mejillas rojas y su cabello despeinado. Un momento después se levantó y se dirigió hacia mí. Sentí que el pecho se me cerraba y mis manos empezaron a sudar. Me besó, me dejó su cuadernillo, una servilleta que decía «por favor no me sigas» y salió del bar.

Me quedé sentada sin saber qué hacer y sin ir tras ella; pero alardeé toda la noche mi obsequio, miré sus dibujos y pensé si todos ellos cabrían tatuados en mi cuerpo, bailé y bebí en honor a ella hasta que cerró el bar. Así llegó la hora… mientras vivía olvidándome de lo que el veneno le estaba haciendo a mi cuerpo en ese momento. Me despedí muy contenta de Homero con un alegre «¡Hasta mañana!», crucé la calle y subí la vista. Un frío suave bajaba de los cerros orientales. El Continental, perfecto a esa hora, alojaba en el piso octavo a la pelirroja.

La miré y saltó.

Me di vuelta y seguí mi camino ahora oscuro y sombrío de nuevo. Mi amante ya no está, pero muy pronto estaré con ella… escribo esto para no cruzarme contigo en el infierno. Llego a mi habitación, dejo el cuadernillo en mi mesa de noche. Me acuesto y cavo mi tumba: nadie podrá salvarme esta noche. Es momento de dormir en el suelo.

Buenas noches.

Edith N. Araque

Autora

La inspiración siempre me llega en el peor momento, como en los buses, o peor aún, en el momento en el que despierto y no recuerdo ni mi nombre. Escritora diletante, amante del vino barato mezclado con buena música; para hacer la vida más amena pongo a sonar algo de Pink Floyd, si estoy romántica, uno que otro bolero, si quiero llegar al cielo, la salsa es el ascensor.

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