Hijos del siglo

Quiebres y renacimientos feministas
Las sendas del abismo. © Santiago López

Hace un tiempo emergió por primera vez en palabras una idea que desde hace varios años se venía gestando en mí y que creo haberle dado suficiente forma como para publicarla en esta entrada. Yo soy uno de los últimos hijos de un siglo que se caracterizó por iniciar una lucha contra la discriminación, que peleó por los derechos de las llamadas minorías con las pocas armas que supo conseguir. Crecí en su sucesor, uno mucho más fuerte, que ha hecho en dos décadas más de lo que el siglo XX hizo en sus 100 años.

Relativamente temprano en el camino de mi vida me topé con los términos de la deconstrucción, me aprendí arengas feministas, presencié marchas multitudinarias el 8 de marzo y vi a los próceres de la Independencia vestidos con pañuelos verdes sobre sus corazas de acero; me enamoré leyendo a Marvel Moreno y discutí en redes y espacios académicos las teorías queer y los pasajes de El segundo sexo. Aunque sus victorias fueran falsas, me enamoré de la lucha y presencié con escéptica alegría a los señores del dinero otorgar derechos como regalos; los vi autoproclamarse héroes por quitarle las ligaduras al pueblo que fue encadenado por sus ancestros.

© Santiago López

Dentro del campo académico de las ciencias sociales, pensadores y pensadoras concuerdan en que la construcción de la memoria permite el perdón y la reconciliación en contextos bélicos; sin embargo, a mí me gusta pensar que la premisa no aplica únicamente a la guerra sino a todo tipo de violencia. Ahí surge la idea: ahora que el feminismo está de moda y que veo a tantos políticos levantar la bandera violeta en sus campañas, pienso que como hombres hijos del patriarcado tenemos el deber de pedir perdón por la violencia que hemos cometido contra la mujer desde el principio de los tiempos.

Hace unos meses, quizá ya demasiados dentro del vertiginoso ritmo de nuestro siglo, empezó a circular por redes una propuesta performativa de la colectiva chilena Lastesis: Un violador en tu camino. De lo que es ya se habló bastante: de su alcance; de su capacidad catártica; de su vulgar y cruda carnavalización; y de lo maravilloso y conmovedor de la valentía de todas las mujeres que prepararon y cantaron los versos, de las que se atrevieron a contar su historia, a denunciar a sus victimarios y a visibilizar la violencia que les obligaron a vivir.

Soy consciente de que en este momento sigo escribiendo este texto por la necesidad de registrar lo que para mí significó el performance: la catarsis, la finalización de una etapa de reflexión y reconocimiento personal, la deconstrucción. Un proceso que emprendí hace un poco más de un año, al entender que necesitaba aprender a ser emocionalmente más sano. Por ese tiempo le abrí los ojos y los brazos al feminismo; me dejé quebrar la vida. Marqué un pliegue. Esta primera etapa de reflexión culmina aquí; con este texto, que consolida el pensamiento de que el privilegio con el que nací tiene un doblez: la responsabilidad de participar y apoyar la lucha social.

Así como la segunda persona en la narrativa, la metaficción literaria o la cuarta pared del cine, el dedo que me señala como el violador me convierte en él.

Así como la segunda persona en la narrativa, la metaficción literaria o la cuarta pared del cine, el dedo que me señala como el violador me convierte en él.

El hombre se burla y critica la propuesta, dice que él no, se individualiza, se esconde, devuelve el señalamiento y es incapaz de reflexionar. La valentía de la palabra de la víctima queda huérfana sin respuesta de su victimario. No lo niego: yo también me he dicho a mí mismo que no soy el violador que señalan porque nunca he abusado o acosado a una mujer, pero refugiarme en mi individualidad durante más tiempo sería un engaño; pues el violador no es un antisocial, es un fiel hijo del patriarcado, y yo por ser hombre soy el violador, por mi privilegio, por el legado y el linaje de donde vengo.

El pensamiento del perdón histórico surge ante mis ojos como un libro viejo y olvidado. Me hace repensarme. Así como la segunda persona en la narrativa, la metaficción literaria o la cuarta pared del cine, el dedo que me señala como el violador me convierte en él. Y yo no niego mi responsabilidad; me paro frente a la cara y la venda de la víctima para pedir perdón por ser hijo del patriarcado, y admito que antes del feminismo yo fui también un violador en potencia que no encontró víctima. Como todos los hombres, también en mi niñez juzgué correcto ver a las mujeres como un premio o un terreno por conquistar. También juré saberlo todo de ellas, y parte del proceso fue romper tal engaño. Fuera de él todo cambia. Ahora mi relación con la infancia, siempre tímida y encerrada en un cuarto con un computador, se redime; ahora por fin puedo agradecerle al encierro el haberme guiado al camino del conocimiento y el recluirme hasta estar listo para relacionarme en sociedad.

En algún momento llamé radical a una mujer que afirmaba que toda masculinidad era tóxica. Hoy estoy de acuerdo con ella. La deconstrucción es desintoxicarse. Quebrarse. Pedir perdón por el daño ocasionado, perdonarse como violador, abrazarse como víctima y entregarse de lleno a la lucha que hará que otro, sea del género que sea, en algún momento sienta el milagro de sentirse sano.

Noviembre 2019 – enero 2020.

Santiago López

Autor

Melómano malacostumbrado a los paisajes urbanos de Bogotá. Entiende el arte de manera semejante a su proceso creativo: juegos de rigurosidades. Se dedica a buscar longplays en canastillas; y, cuando el dinero no se lo permite, lee y escribe.

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