La ficción de carne y hueso

A veces suele suceder que ponemos a la crónica o a la novela histórica en la cima del podio de la verdad, como si la verdad y la verosimilitud fueran la misma cosa y disfrutáramos más adentrarnos en las realidades pasadas que en las posibles. Que qué chévere es leer cómo esta escritora narra esta historia, que si a mí me pasara algo igual nunca sería capaz de contarlo de esa manera, que qué bueno cómo el cronista les da vida a las voces de carne y hueso, que lo que esas personas dicen vale la pena que todo lector lo escuche y que por eso el libro es importante.

El testimonio en la literatura se ha enlazado con otros campos, con lo social, la antropología y la memoria; la ficción, claro, sigue existiendo, pero si un relato de ficción se basa en un hecho real lo llamamos crónica, y la ficción a secas es solamente un juego del escritor: algo bien descabellado que le hago a este personaje para llevarlo a un límite, para cambiarlo, para matarlo, reproducirlo, pintarlo, reírlo o conversarlo. Entonces nos preguntamos, ¿cuál es la dosis de verdad que puede tener la ficción? La distopía nos ubica en un mundo que podría ser el nuestro pero que a la vez no lo es y probablemente no lo sea, ¿cuánta verdad se le atribuye? ¿cuánto de verdad tienen esas voces de personaje? ¿cuánto acallan y cuánto dicen de la realidad?; y sobre todo, ¿cuánto les falta para tener el peso de las otras, las de sus hermanas de carne y hueso?

La pregunta por la verdad en la literatura necesariamente está atada a su potencial significativo. El valor experiencial del libro está definido por la capacidad de subjetivación que tiene sobre el lector, un valor enteramente sincrónico que hace de Riverdale una de las series más vistas de Netflix y de Rojo y negro un ladrillo que solo leen los especialistas del realismo francés y uno que otro estudiante de literatura condenado por un profesor de la vieja escuela.

Como lectores dividimos el texto en dos parcelas, una con ese significado exterior, habitado por la verdad; y otra con el interior, de la verosimilitud, los recursos estilísticos y los paradigmas narrativos. ¿Cuál es entonces y de qué material está construida la barrera entre las dos? ¿Va la verdad a tomar tinto al solar de la verosimilitud, o le alquila su antejardín para que parquee su camioneta? ¿La verosimilitud corre a escondidas los palos de la cerca para robarle terreno a la verdad, o se ofrece a cuidarle el gato cuando no está? Demos cuenta de la fragilidad de estas ideas arraigadas a nuestra concepción de lectura.

Hace poco en La Forma Inicial dimos con “Inzúa” de Fernanda Trías, un compendio de monólogos polifónicos que suceden en el Cementerio Central de Montevideo. En el cuento hay siete narradores. Seis nos cuentan el clímax de sus historias: el momento preciso en el que un necio se da cuenta de que su niña enferma no lo va a lograr o la cena en casa ajena donde te enteras de que el papá de tu hijo se acaba de morir. Nos cuentan la muerte como el final, la trascendencia, el giro dramático; y el séptimo, Washington Inzúa, las contrasta con la otra muerte, la compañera y fuente de sustento, la que el sepulturero vive diariamente.

Su construcción es exótica. La polifonía y la fragmentación hacen de “Inzúa” el cuento más experimental de No soñarás flores, libro donde viene incluido; pero el origen y la construcción de cada registro difumina los límites entre la realidad y la ficción, como si la verdad hiciera una minga e invitara a la casa de locos vecina a participar. Todos se juntan un Domingo de Resurrección para darle forma al texto y cada uno aporta lo que tiene a su alcance. La verdad pone la materia prima, esos cassettes de mini DV que registran la entrevista que Fernanda le haría al sepulturero principal del cementerio de Montevideo, en el 2006; y la verosimilitud y sus inquilinos todo el resto: los otros seis personajes con sus historias, sus registros, sus muertos y sus atmósferas.

La voz transcrita del Washington Inzúa de carne y hueso escucha y comparte con esos personajes de luto que solo existen en las letras de Fernanda; y vuelve a abrirse el mismo debate eterno y sin salida: qué es realidad y qué es ficción, cuál voz habla y cuál silencia, qué es verdad y qué es mentira.

Decimos que la crónica es un escrito literario que nos permite identificar el hecho real en el que se sitúa, se basa o se enuncia; ¿entonces “Inzúa” es una crónica? Según la definición, la respuesta no está adentro, sino en la infinita subjetividad del lector. ¿Puede uno, de bogotano, que le pidió No soñarás flores a La Diligencia para aprovechar la cuarentena y por fin leer a la Fernanda Trías de la que todo el mundo habla, entender “Inzúa” como una crónica, si ni siquiera sabe bien ubicar a Montevideo en un mapa? ¿La francesa que se compró, en su último viaje a Madrid, una edición del 97 de Rebusque Mayor de Alfredo Molano, y que lo lee por las mañanas para mejorar su español, va a leer crónicas como lo hacemos nosotros, o le van a parecer tan fuertes que va a decir que son ficción? ¿Cómo va a leer como crónica “Un milagro en Bogotá” el tipo que carga con dos celulares para dar el más feo si lo roban, si Frank Báez no le ha dicho, por lo menos dos veces en tono bien serio, que él salió ileso y con todas sus pertenencias de un atraco en la séptima a las dos de la mañana? Incluso no tenemos que irnos tan allá: ¿Qué del género, además del título, tiene Crónica de una muerte anunciada, si no hemos sabido de ningún Santiago Nasar que se haya levantado a las cinco de la mañana el día que lo iban a matar?

Pero sobre todo, ¿es realmente importante? En la lectura hay solo una verdad universal, así muchas veces se nos olvide: los autores y autoras, los personajes y sus voces, sean testimoniales o de la ficción, únicamente son dueños de lo que cuentan. De nada le sirve al lector que Héctor Abad Faciolince lo ponga en el contexto de la UP si igual al final del libro va a absolver a Álvaro Uribe de su papel en el exterminio, ni saber si al fin Gilmer Mesa participó o no del “revolión” que narra en La cuadra. En el campo de la creación literaria parece que la gente tiene bien claro que es la verosimilitud la que conlleva a la verdad, y nosotros como lectores deberíamos seguir su ejemplo.

Los límites nunca están claros, la significación es subjetiva y nuestra propia vida, con todos sus sueños y sus recuerdos desorganizados, es una experiencia narrativa. En nuestro tiempo lo real cambia. No necesitamos entrar a pensar en el concepto de lo meta para dotar de verdad a la ficción, ni de la cuarta pared para sumergirnos en los mundos posibles. Pensando en la pregunta ontológica de Blade Runner, la vida, más que cualquier otra cosa, es eso: una narrativa en la que no importa si somos personas o personajes, porque ambos tienen una voz que le dirá algo a alguien y porque no hay ningún valor moral en ello; «la montaña es la montaña», «el trabalenguas traba lenguas» y un cuento simplemente cuenta, sin ninguna pretensión de nada. Afortunadamente, los paradigmas de la ficción y de la estructura literaria han sabido entenderlo y adaptarse. “Inzúa” es la prueba de ello.

Santiago López

Autor

Melómano malacostumbrado a los paisajes urbanos de Bogotá. Entiende el arte de manera semejante a su proceso creativo: juegos de rigurosidades. Se dedica a buscar longplays en canastillas; y, cuando el dinero no se lo permite, lee y escribe.

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